No sólo hay unos 800 buques merodeando las costas del estrecho del Ormuz, sin poder atravesar el corredor desde que empezó la guerra en Irán. Bajo las aguas, un centenar de ballenas jorobadas también está atrapada. Al ser una de las pocas poblaciones que no migra entre su zona de cría y alimentación, la ballena jorobada árabe no puede escapar. Y la guerra supone una contaminación acústica de su hábitat que puede llegar a cegarla, provocando su varamiento. Soportar el ruido es lo único que les queda a estas hermosas ballenas barbadas. Pero ellas dependen del sonido para sobrevivir. Funciones básicas como la alimentación, la navegación, la reproducción y la interacción social están puntuadas por precisas señales sonoras. Los bombardeos, las explosiones submarinas, las minas y los sonares militares no sólo las asustan sino que crean una interferencia que destroza ese delicado vocabulario. De hecho, las ballenas jorobadas se comunican en sonidos de baja frecuencia, el mismo rango que ocupan los motores de los barcos y los sonares, lo que las hace especialmente vulnerables. A medida que aumentan los niveles de ruido, las ballenas reducen su actividad de buceo, entrando en un período de ayuno forzado que las debilita con el tiempo. Todo un santuario submarino amenazado El estrecho de Ormuz y la zona del Golfo alberga a un verdadero santuario biológico en el que conviven tortugas y serpientes marinas con los delfines jorobados y los delfines mulares del Indopacífico hasta los dugongos. dugongos Los dugongos que viven bajo las aguas del estrecho de Ormuz. En el embudo de más de 33 kilómetros de ancho del estrecho, la actividad militar introduce ondas de choque y cambios de presión que las especies marinas no están creadas para soportar. Las explosiones submarinas pueden dañar el sistema auditivo de los cetáceos y provocar una pérdida temporal o permanente de la audición. Incluso cuando no son inmediatamente mortales, los efectos pueden debilitar a los animales a lo largo del tiempo y limitar su capacidad de supervivencia. Las minas navales representan riesgos similares incluso antes de su detonación. Esto es porque al activarse, generan ondas de choque de alta presión. Los vertidos de petróleo son otra gran amenaza de contaminación de las playas. Además, las manchas de petróleo que quedan en la superficie bloquean la luz solar e impiden la fotosíntesis, esencial para las praderas marinas que sirven de alimento. El Golfo, una muestra del océano 2050 El Golfo Arábigo es especialmente vulnerable porque no se reajusta fácilmente. Es lo que los científicos describen como un mar de "flujo lento", que tarda entre dos y cinco años en cambiar completamente sus aguas. Esto significa que los contaminantes pueden persistir mucho tiempo en los ecosistemas de la superficie y el fondo marino. Por otro lado, todas estas especies son muy raras y preciosas. Se las conoce como extremófilas. Están adaptadas a niveles de calor y salinidad que reflejan lo que gran parte de los océanos del mundo podría sufrir en 2050. Los científicos las consideran un modelo viviente de cómo los ecosistemas marinos podrían sobrevivir al cambio climático. Si lo logran, claro.