La voz grave y profunda de Alfredo Zitarrosa lo ha inmortalizado en su adagio: “En mi país, qué tristeza / la pobreza y el rencor”. El canto recitado de Daniel Viglietti lo ha consolidado: “Tanta distancia y camino,/ tan diferentes banderas / y la pobreza es la misma / los mismos hombres esperan”. Hasta La Vela Puerca lo ha narrado en ese viejo que “las vueltas que da la vida, en la calle, terminó”. En Uruguay la pobreza —o el combate a ella— es parte del cancionero, de la matriz, de discursos políticos que de tanto consenso parecen difuminarse entre numeritos. Por eso El Observador, con la colaboración del doctor en Economía Matías Brum (de la Universidad ORT del Uruguay), le buscó un nuevo enfoque a los datos de pobreza que el Instituto Nacional de Estadística (INE) presentó la semana pasada. O, mejor dicho, rascó más allá de esos números que apenas variaron en el último año: 16,6% de pobres medidos por ingresos, o 18,7% cuantificado por pobreza multidimensional (como le llaman a la suma de carencias básicas). Y ahí se encendió una luz roja. En el país hay más de 338.000 personas que, si se las mira solo por sus ingresos, no son pobres. Superan esa línea de pobreza monetaria que el INE estableció. Pero cuando uno repara en sus condiciones de vida —cómo es su vivienda, si terminaron la escuela, si tienen trabajo formal, si acceden a protección social— resulta que tienen cuatro o más carencias estructurales. Eso las convierte en pobres multidimensionales. Brum es enfático y sin matices: “Eso enciende una señal muy roja”. Y empieza a enumerar las razones. “Estas personas corren riesgo de ser invisibles para las políticas tradicionales. Si el Estado solo usa el ingreso para decidir a quién ayudar, este grupo no aparece, no recibe atención, y sus problemas se acumulan en silencio”, reconoce el economista que, casi sin respiro, va por la segunda razón, “No son carencias pasajeras. No es que les faltó plata este mes. Es estructural y, por consecuencia, mucho más difícil de revertir que una caída de ingresos”. Entonces viene una tercera razón de la luz roja que se prendió, la más “grave” al decir del propio investigador: “Es lo que les pasa a los niños. Cuando un niño crece en ese hogar, con ingresos nominalmente suficientes pero con todas esas carencias alrededor, está siendo formado para reproducir esa misma situación. La pobreza inercial se hereda. No por genes, sino por condiciones de vida”. ¿Entonces la pobreza tiene que dejar de medirse por ingresos? Brum no adhiere a esa postura, sino que son dos metodologías distintas, con objetivos distintos, que no reemplazan ni se suman. Pero que en todo caso vienen a decirle al Estado: “Mirá que hay vulnerables que el número no te está mostrando y si no los ves, no los vas a atender. Y si no los atenés, mañana el problema será mucho más grande”. Estas personas corren riesgo de ser invisibles para las políticas tradicionales Estas personas corren riesgo de ser invisibles para las políticas tradicionales El propio análisis hecho para esta nota muestra también el otro punto ciego si uno se casara solo con una metodología: hay unas 263.000 personas viviendo en Uruguay que son pobres por sus ingresos, pero que no presentan carencias en dimensiones como educación, vivienda, salud o acceso a servicios (no caen en la bolsa de pobreza multidimensional). Puede que sea una cuestión transitoria, una persona puede haber perdido ingresos recientemente (desempleo, enfermedad) pero aún vive en una vivienda adecuada, con educación completada y acceso a servicios. El ingreso cae antes que las condiciones de vida. Puede que sean personas en la informalidad o que sub-declaran ingresos. Acceden a los recursos, pero declaran ingresos bajos en la Encuesta Continua de Hogares. En otros países es frecuente que les ocurra a adultos mayores con jubilaciones bajas, pero que consolidaron un confort en su ciclo vital. O que las transferencias no monetarias mejoran las condiciones sin tocar los ingresos. Como las metodologías son distintas, no puede decirse que la suma de ambos son el total de pobres. Sería como sumar peras con manzanas (ambas son frutas, pero con propiedades distintas). Sí puede decirse que casi 600.000 uruguayos “caen” en alguna medición de pobreza, pero no en las dos al a vez. Y a ellos sí se agregan otros 333.000 que son pobres se los mida como se los mida. La fina línea de los ingresos Una persona que vive sola en un hogar que alquila, en Montevideo, tiene que recibir al menos $ 23.446 para no caer en la pobreza. Si no tuviera que pagar alquiler, bastan 14.584. Esos pisos aumentan cuantas más personas habitan bajo ese mismo techo. Y en el interior son un poco más bajos en comparación a la capital del país. Pero, ¿qué pasa si esa línea se mueve apenas? La pregunta puede irritar a los más puritanos de la estadística, en el sentido de que la línea tiene un motivo que el propio INE define como “ingreso mínimo necesario para cubrir las necesidades básicas alimentarias y no alimentarias”. El Observador y Brum hicieron un ejercicio, esta vez tomando solo la pobreza medida por ingresos. Para que esta gimnasia tenga algo de sentido, se optó por usar como base lo que paga un jornal solidario (para seguir un programa en 2025 cuando que es la fecha de los datos). No se tomó la prestación mensual entera, sino el equivalente a un jornal en un día trabajado (lo que gana en el día). Son $ 986. Es decir: dos entradas de cine, seis litros de jabón en polvo para lavar la ropa, menos de dos chivitos. ¿El resultado? Si a cada hogar que está en la pobreza le sumamos un jornal solidario, la pobreza baja a 15,9% (salen 26.000 personas de la pobreza medida por ingresos) A la inversa, si a los que no están en la pobreza le quitamos un jornal solidario, la pobreza sube al 17,6% (entran 34.000 personas a la pobreza en Uruguay), Para decirlo sencillo: hay unos 60.000 uruguayos que están a un jornal solidario de entrar o salir de la pobreza. Caminan por el filo de la línea. El ejercicio puede verse de otras maneras, incluso elevar la línea a la llamada canasta que mide nutrientes y hábitos saludables, lo que encarece todavía más.